Blog Atxaga

Las dos esculturas

17-01-2017  ¦  Bernardo Atxaga

A finales de la primavera de 1968 llegó a nuestro pueblo guipuzcoano la noticia de un hecho ocurrido a menos de cuatro kilómetros de distancia, en la zona del puente de Aduna. Una persona había resultado muerta de un tiro de pistola. Se formaron corrillos en la calle, y salieron a colación todos los actos violentos que habían tenido lugar en la zona, en especial durante la guerra: pero nadie supo tankera hartu, tomarle la traza al hecho.

Parte de la respuesta llegó unas horas después, cuando un centenar de guardias civiles apareció en el pueblo y empezó a patrullar por los montes. Una emisora de radio confirmó el suceso, y difundió la identidad de la persona asesinada. Se trataba de un guardia civil de la Agrupación de Tráfico, José Ángel Pardines Arcay, de 25 años. Casi de seguido, llegó la segunda noticia: el joven que le había disparado, Javier Echevarrieta Ortiz (a. “Txabi”) había muerto tras un tiroteo, también muy cerca, en el cruce de Bentaundi, a la salida de Tolosa.

Surgieron los bulos. Uno de ellos decía que el compañero de Echevarrieta, Iñaki Sarasketa, había sido atrapado y fusilado en Régil, otro pueblo cercano. Otro, en el mismo sentido, corregía el hecho: unos guardias habían querido fusilarle, pero el capitán que estaba al mando lo había impedido apelando a las creencias cristianas. El párroco de nuestro pueblo recogió la segunda versión el domingo siguiente, durante la misa: “El capitán actuó como quería Jesús, que siempre nos habla del perdón. ˝Ojo por ojo, diente por diente˝, dice la ley del talión, pero no es ésa la regla que debemos seguir nosotros”. Para entonces –después de un tercer bulo que hablaba del “maquis”– ya había surgido el nombre que, desde entonces, todos asocian al País Vasco: ETA. No llegó entre susurros y medias palabras, sino como firma de un panfleto en el que se calificaba a Echevarrieta de “víctima de la represión fascista” .

Tres meses después fui a estudiar a “Sarriko”, la Facultad de Ciencias Económicas de Bilbao. Aunque Echevarrieta había sido allí un estudiante destacado, apenas si había carteles con su efigie. Abundaban más los que hacían referencia a poetas comunistas como Miguel Hernández (“Juventud que no se atreve ni florece ni reluce, ni es sangre ni es juventud…”) o, más en general, a la ideología de los llamados “chinos”. Pero, fuera de la universidad, era otra cosa. En los mismos lugares de Guipúzcoa o de Vizcaya donde un año antes la gente se preguntaba sobre qué sería ETA, los jóvenes aprovechaban cualquier ambiente circunstancia entonar la canción de Mikel Laboa: “Egun da Santi Mamiña, benetan egun samiña..." “Día de san Mamés, día verdaderamente amargo, que el alto cielo guarde mi alma por mucho tiempo”. Pero no se cantaba exactamente así, tal como había salido de la pluma del poeta Gabriel Aresti. El día seguía siendo el de aquel san Mamés que nació en prisión, pero lo que el alto cielo debía guardar era el alma de “Txabi”, Etxeberrietaren arima.

Escribió Ernst Gombrich que “la facultad de crear mitos está latente en todos nosotros, y sólo aguarda ser despertada”. Así ocurrió con la figura de “Txabi”. Después de décadas de represión franquista, muchos vascos vieron en él al mártir, al Che Guevara vasco. Hubo más canciones, hubo poemas, flores en su tumba, homenajes. Mientras, nadie en aquel ambiente parecía acordarse de José Ángel Pardines Astray, un “chaval” que –como se supo luego por el testimonio de Iñaki Sarasketa– había sido muerto y rematado por Echevarrieta a traición. Ni siquiera era visto como símbolo de la opresión franquista, porque tal lugar correspondió enseguida a Melitón Manzanas, el torturador.

Jorge Oteiza, ya entonces un escultor famoso, fue el único que rompió aquel silencio. Sin restarle nada al mito (nunca dejó de tener un retrato de Echevarrieta en su estudio) declaró su intención de realizar dos esculturas, dos cruces. La primera se colocaría en Bentaundi, la segunda, en el puente de Aduna. Una por el militante; otra, por el guardia civil. Dicho...y hecho a medias. Se colocó la primera, y allí sigue, casi imposible de ver, en lo alto de un viejo muro; pero la segunda, no se llevó a cabo. Hay esculturas en los alrededores del puente de Aduna, pero ninguna de ellas está dedicada a Pardines.

Ahora que la historia que empezó con ellos está a punto de terminar y en todas partes se habla del relato que habría que hacer de lo ocurrido, quizás haya que volver la vista al puente de Aduna y a Bentaundi: restaurar la escultura dedicada a Echevarrieta, símbolo de una rebelión desesperada contra el dominio fascista, y crear y colocar al mismo tiempo la dedicada a Pardines, símbolo del sufrimiento causado por aquella rebeldía. Sería el punto final, el cierre del círculo; la señal de que vivimos en otros tiempos y de que aquella fue “otra historia”.

B.A.
(Ara, 2011)

 

Extraño incidente verde

09-11-2016  ¦  Bernardo Atxaga

Ocurrió un día de verano. Fui a abrir la puerta de casa y observé que en la cerradura, cruzándola en diagonal, había una hierba de tallo grueso y color verde fosforescente. La Mano anduvo muy rápida, y quiso tomarla entre sus dedos; pero, al primer contacto, la hierba verde fosforescente adquirió la forma de un gancho. La Mano optó por retirarse, y dejar que fuera La Cabeza quien se hiciera cargo de la situación. “¡Qué hierba más rara!”, exclamó ésta. Aquello no aclaraba las cosas, pero La Mano, impaciente, volvió donde la hierba verde fosforescente y se situó a unos dos centímetros de ella. “Anda con cuidado”, le aconsejo La Cabeza.

Durante un rato no hubo nada, como si el tiempo se hubiese detenido y La Mano, La Cabeza y la hierba verde fosforescente en forma de gancho compusieran una instalación artística. Pero todo volvió pronto a su ser. La Mano y la Cabeza retrocedieron a su posición inicial; la hierba verde fosforescente se enderezó. “Debe de ser un insecto”, dijo La Cabeza con el tono pensativo que, en general, caracteriza a las cabezas. “Es muy grande, ¿no?”, se preguntó La Mano midiendo al probable insecto con los dedos. Venía a medir lo que el más largo de ellos, el llamado “corazón”.

Sobrevino un cambio perturbador. Del extremo de la hierba verde fosforescente –posible insecto –, emergió una cabecita afilada y brillante. Parecía la de una serpiente de miniatura, con su boquita rasgada y sus ojos abultados. Lentamente, la cabecita se giró hacia nosotros, es decir, hacia La Mano, La Cabeza, hacia mi mismo, Coordinador General de todo el asunto.

Ante el sobresalto de La Mano, la Cabeza adquirió el tono profesoral de los diccionarios, y dijo: “No temas. Se trata de una mantis, de la familia Mantidae, originaria del sur de Europa. No es un insecto venenoso. A la hora de cazar se vale de sus patas delanteras, que son espinosas y normalmente están provistas de espinas. Sujeta con ellas a las presas y se las come vivas. En general, las hembras son más fuertes y agresivas que los machos, y hay veces en que acaban comiéndose a su pareja durante o después del apareamiento, empezando por la cabeza”.

La Mano escuchó las explicaciones de La Cabeza y se quedó quietecita. Por decirlo así, quería a todos sus dedos por igual, y no quería perder ni un ápice de ninguno. La Cabeza se puso filológica: “Este insecto tiene nombres curiosos. En castellano le se llama “santateresa”, porque, por sus patas delanteras recogidas, parece estar rezando; en lengua vasca, “sirrina-pantika”; en catalán…

Abandoné aquella digresión y fui corriendo hasta la cocina en busca de un recipiente de plástico que suelo utilizar para guardar las salsas. Diez segundos después, de nuevo junto a la puerta, La Mano hizo su trabajo. La hierba verde fosforescente, la Mantis, quedó prisionera.

Coloqué el recipiente-cárcel sobre la mesa de la cocina y me senté frente a la mantis con un café. “La verdad, vuestras espinosas patas delanteras son muy fuertes”, dijo La Cabeza, abriendo el diálogo. La prisionera giró su cabecita repetidamente, hacia la derecha y hacia la izquierda. No aceptaba mi afirmación. “No son tan fuertes”, venía a decir. “Si lo fueran rompería estas paredes de plástico y escaparía”. La Cabeza cambió de tema.“Recuerdo que un día visité a un pintor en su estudio –dijo–. Tenía a una de tu especie como te tengo yo ahora, metida en un recipiente, y de vez en cuando echaba allí una araña. Era impresionante ver qué poco tardaba tu compañera en comérsela viva”.

La Mano parecía nerviosa. Levantaba la taza de café y me la llevaba a los labios continuamente. Por su parte, la Mantis movía lentamente la cabecita, indagando. “No busco la libertad, busco una salida”, dijo, citando a Kafka. La Cabeza seguía con sus recuerdos: “Aquel día el pintor me habló de un libro de Dalí, según el cual el verdadero motivo del “Angelus” de Millet es la sexualidad caníbal. La mujer que está rezando es, en realidad, de tu especie. Quiere devorar al hombre que está con ella, al de la carretilla”.

La Mano tuvo una reacción inesperada. Agarró el recipiente de plástico, y lo arrojó por la ventana de la cocina hacia la zona del jardín donde, en aquel momento, dormitaban los dos perros de la casa.

Cinco minutos después el recipiente estaba marcado por los mordiscos, y la hierba verde fosforescente, la mantis, yacía muerta junto a la otra hierba, la que carece de cabecita. Una pena, porque nuestra conversación no había hecho sino empezar, y parecía prometedora.

B. A.
(Ara, 2010)

 

Días especiales

02-09-2016  ¦  Bernardo Atxaga

Era noviembre de 1993, y me encontraba en el atrio de un monasterio benedictino esperando a que el fraile que hacía de portero me condujera a mi celda. Había llegado allí con un objetivo concreto: terminar de traducir una novela antes del 6 de enero, festividad de los Reyes Magos.

En la celda me esperaba un segundo fraile. Era alto, y llevaba gafas redondas de montura dorada. Me hizo saber que, en principio, el monasterio sólo estaba abierto a los que necesitaban apartarse del mundo y tener un diálogo con Dios, pero que entendía que un traductor necesitara de la misma soledad para llevar adelante su trabajo. “Sabe lo que dice, porque también él es del oficio”, me indicó el portero. Añadió que formaba parte del grupo de traductores de la Biblia, y que se había encargado de los salmos. El aludido mostró las palmas de las manos. Estaban llenas de callos. “Ahora me dedico a la huerta”, dijo. Percibí en él una cierta agresividad, el tono de un retador, como si hubiera leído en mis ojos y supiese que yo era un escéptico, una persona descreída, alguien del otro bando.

Mientras me ayudaba a colocar mis bártulos, el portero me informó del horario. La primera campana sonaba a las cinco y media de la mañana; el desayuno era a las seis; la comida, a las doce; la cena, a las siete de la tarde. Dentro del edificio estaba obligado al silencio, pero si necesitaba alguna cosa podía acudir donde él, a la portería.

“¿Hay algún bar cerca?”, pregunté. El fraile se acercó a la ventana y señaló colina abajo: “Tiene uno ahí, junto al aparcamiento”. Hice planes al instante. Permanecería en la celda hasta que tuviera las 5 páginas que, para cumplir el plazo, necesitaba traducir cada día, pero luego bajaría al bar y me tomaría un café. Más tarde, corregiría lo traducido y acudiría a cenar. Al día siguiente, lo mismo: 5 páginas, un café. Ni el invierno ni la soledad podrían conmigo.

Llevaba 50 páginas y doce cafés cuando en el bar apareció un hombre pequeñito, de poco más de metro y medio. Tenía los ojos azules y pestañeaba constantemente. Pidió una manzanilla y se sentó junto a mí. Éramos los únicos clientes del bar.

“¿Qué nombre tienes?”, preguntó. Se lo dije, y empezó a hablar in media res, como si nos conociéramos de toda la vida. Lo que le había pasado con las cebollas de la huerta, y lo la higuera, que estaba “mala” porque el frío la había cogido “desprevenida”. Las gallinas, afortunadamente, estaban resultando “bastante ponedoras”. Se expresaba bien, pero resultaba difícil sacar algo en limpio. Lo único, que se llamaba Miguel.

Tuve que recurrir al portero para conocer más detalles. “Es un pobre de espíritu”, dijo. “Se pasa la vida de monasterio en monasterio. Aquí suele venir en invierno. Le damos cobijo y comida, y a cambio él nos ayuda en la huerta o en el gallinero”. Comprobé los días siguientes que era lo que él decía, pero que había algo más. A Miguel se le olvidaba todo. Venía cada tarde donde mí, y preguntaba: “¿Qué nombre tienes?”. Como si no me conociera de nada.

Llegó la época de la Navidad, y algunas de las funciones religiosas empezaron a celebrarse en un edificio anexo, una iglesia románica del siglo XIII. Aparte, los frailes salieron de su silencio, porque, por las fechas, tenían dispensa. Un día me topé en el pasillo con el traductor de los salmos. “¿Ondo?”, me preguntó, “¿Bien?”. Le dije que la traducción estaba acabada. “La huerta tampoco va mal”, dijo. Su actitud seguía siendo la de un retador.

El día de la víspera de Reyes fue muy frío. No había anochecido aún, y ya estaba helando. Decidí acudir a la función religiosa, y me senté junto a Miguel. Los frailes comenzaron a cantar: “O stella potens et mira, stella regalis pulcra…”. Miguel reía para sí, como si el latín le hiciera gracia.

Terminó la función y salimos fuera. Me acerqué al traductor de los salmos. “No creo que los Reyes Magos puedan venir hoy. Demasiado hielo”, dije. Él miró al cielo como en busca de la stella potens. “Yo creo que sí vendrán”, dijo. Miguel asintió. A la mañana siguiente, fui a salir de la celda para ir a desayunar, y me faltó poco para caerme al suelo. Había tropezado con una bolsa colocada en la base de la puerta. Allí estaban los regalos: una bufanda, un paquete de caramelos, un libro que explicaba la historia del monasterio y una pequeña Biblia con marcador en la página del salmo 27: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?…”.

Coincidí con Miguel en el pasillo. Estaba radiante, y me mostró enseguida lo que a él le habían traído los Reyes Magos: un jersey de lana, una bufanda, unos guantes de jardín, una caja de galletas y dos paquetes de caramelos. “¡Cuántas cosas, Miguel!”, le dije. Soltó una risa, y exclamó: “¡Toma! ¡Para no haber escrito!”.

Entramos en el refectorio y nos pusimos a desayunar. El traductor de los salmos me miró desde detrás de sus gafas doradas con un modesto, pero perceptible, aire de triunfo.

B A
(Ara, 2011)

 

Éramos diez lectores

05-07-2016  ¦  Bernardo Atxaga

A la lectura se llega, también se abandona, pero, felizmente, en ocasiones se recupera. Hay siempre lugar para la esperanza.

ÉRAMOS DIEZ LECTORES y solo diez, porque todos los otros, amigos o parientes, no leían nunca. Uno de ellos, llamado Antonio, proclamaba, además, su vocación de no-lector a voz en grito: "¡No pienso leer un libró en toda mi puerca vida!". Pasaron los años, se hizo deportista, abrió un restaurante... y ¡abracadabra! triunfó en la vida al convertirse en el cocinero favorito de los jugadores del Real Madrid. Pero no voy a hablar de Antonio, sino de los diez que leíamos.

El primero, Alberto, fue al instituto de enseñanza secundaria, y puso especial empeño en aprender literatura. Quería saber qué había por ahí, es decir, por el mundo, qué novelas, qué poesías, qué autores. Pero, ¡ay!, la primera semana no pudo ser, porque el profesor empleó todo su tiempo en explicar la homonimia y la polisemia, y la segunda tampoco, porque las clases tuvieron como tema las diferencias entre metáfora, eufemismo e ironía. Un mes más tarde, al figurar en la antología de lecturas del curso un extracto del combate de don Quijote con el caballero de la Blanca Luna, levantó la mano y pidió: "¿Podríamos leer el capítulo entero en clase?". Le respondió el profesor: "Desgraciadamente, vamos muy retrasados con el programa, lo que toca esta semana es la estructura de la epopeya". Pasaron las semanas, llegó el invierno, se enfrió el ambiente. Un día, estando el profesor hablando del paratexto, Alberto se escapó de la escuela y corrió, corrió, corrió hasta que, hacia el kilómetro cuarenta, se asfixió. De los diez lectores, solo quedamos nueve.

El segundo lector —que era segunda, y se llamaba Beatriz— se casó y tuvo tres hijos, y andaba siempre con sueño: pero no se arredraba, y cada vez que tenía un momentito de tranquilidad, cogía su libro de poemas favorito y empezaba a leer: "Cultivo una rosa blanca, en julio como en enero, para el amigo sincero...". No pasaba de ahí, se quedaba dormida. Y así un día tras otro. Imposible superar el tercer verso. El sueño la golpeaba como una maza. Un día, aquella maza la golpeó aún más fuerte, y solo quedamos ocho.

Conrado escribía poesía y leía poesía. Un día fue en tren a Avon a una convención de poetas. Por lo visto, hubo una discusión, y él insultó a un colega calificándolo de "epígono de Eliot". Conrado no volvió, y solo quedamos siete.

Didi, Elisa y Félix tenían la costumbre de reunirse una vez por semana para hablar de todo un poco y comentar los libros que estaban leyendo, y ese era el motor que les empujaba a entrar en las librerías. Pero, de pronto, a su alrededor, sucedió algo siniestro: el tiempo que hasta mediados del siglo XX sirvió para casi todo, incluso para contemplar un árbol o para oír el canto de un pájaro, empezó a faltar. Ellos pensaron que el asunto no les afectaría, y se vieron sorprendidos cuando su cita semanal paso a ser quincenal, luego mensual, trimestral. Alarmados, intentaron volver al ritmo anterior, pero consultaban sus agendas, y no, no era posible. Ahora se reúnen únicamente por Navidad y solo hablan del pasado, de lo felices que eran en el instituto; pero no de libros, porque ya no compran. Solo quedamos cuatro.

Gregorio desconfiaba de las recomendaciones de la OMT (Organización Mundial del Tiempo) y no creyó que hubiese una pandemia a causa del virus que recortaba las horas y los días, pero también él se contagió del mal, y ahora dice que lee, pero no lee, se limita a oír la radio cuando va en coche de un lado para otro. Solo quedamos tres.

Honorio nunca fue un gran lector, pero cuando empezó a hacer carrera política la cosa fue a peor. "¿Qué lee un político como usted en verano?", le preguntaron en una entrevista. "Pues, la verdad, estoy releyendo los libros de mi juventud", respondió. "¿Por ejemplo?", inquirió el periodista. "El Quijote. Ahora mismo estoy releyendo el capítulo del caballero de la Blanca Luna. Me entretengo en detectar metáforas y metonimias". Eso dijo Honorio, una mentira. Ya solo quedamos dos.

Ignacio. Era el mejor, el campeón. El único de la ciudad que, siendo todavía estudiante, había leído a los clásicos. Un día vino a verme, y empezó a hablarme de Hesíodo. "¿Recuerdas el mito que nos contó, el de las edades?", dijo. "Habla en él del oro, la plata, el bronce y el hierro, asociando cada uno de esos metales a una edad y doliéndose de la decadencia que, a su juicio, es característica de nuestro devenir". "Pues bien", continuó, "así ha ocurrido con el tiempo que dedicamos a la lectura. Ese tiempo ha ido a peor. No sé si alguna vez fue de oro puro, es decir, un tiempo libre de preocupaciones, largo y ancho, de compás lento, tiempo que permitía largas sentadas o largas tumbadas; lo que sí sé - porque lo observo en los demás y en mí mismo - es que ahora leemos a contra-pié, a ratos, a medias, deprisa, con sueño o con fatiga, y que empieza a ser inimaginable aquel sujeto de los años setenta que, sin exámenes o tareas urgentes, la emprendía con libros como El sonido y la furia, de William Faulkner, o Los Cantos, de Leopardi". "Recuerdo que tú fuiste uno de los que leyó el Ulises de Joyce", dije, tratando de ser amable. Lo veía abatido. Ignacio suspiró: "Me han nombrado magistrado. ¿Sabes lo que significa eso? Pues que ni siquiera tendré un tiempo de hierro para leer. En otras palabras: te has quedado solo". Era verdad. Habíamos sido diez lectores, y solo quedaba uno. Quedaba yo.

Sentí un poco de miedo. Me acordaba de Agatha Christie, de las muertes, del final de la cancioncilla: "Un negrito solo quedó. Se ahorcó y no quedó ninguno". Me acordaba también del verso de Hólderlin: "Más vale dormir que vivir sin amigos". La soledad empezaba a pesarme. Sonó el teléfono. "Soy Antonio", escuché. En un primer momento no lo reconocí. Habían pasado treinta años desde la época del instituto. "¿Qué tal va el restaurante?", le pregunté al fin. "Mejor que el Real Madrid. Es decir, como el Barcelona". Antonio se rió de su propio chiste. Luego se puso serio, y dijo: "Mira, yo no he leído un libro en toda mi puerca vida". "Lo sé, lo sé", admití. "Pues quiero empezar. Estoy hasta la coronilla de fútbol. Por eso te he llamado. Quiero que me aconsejes un libro. A cambio, vienes un día por el restaurante y te doy de cenar". Casi me caigo de espaldas. !Era increíble! !Era Antonio quien iba a ocupar el sitio de Ignacio, Beatriz y todos los demás desaparecidos! Se trataba indudablemente de un punto de inflexión, del comienzo de una nueva edad. Habíamos sido diez; luego, casi ninguno. Ahora, volvíamos a ser dos, y la cosa prometía.

B A
(El País, Babelia, 2014)

 

Cosas que desaparecen: Chillida Leku

05-05-2016  ¦  Bernardo Atxaga

Cuando no hay más lógica que la económica y sólo ella dicta las normas, muchas cosas desaparecen. Desaparece la gente de las ventanas, porque el tiempo que hasta mediados del siglo XX se empleaba para ver pasar a la gente por la calle o para escuchar el canto de un pájaro se necesita ahora para hacer algo provechoso, es decir, para ganar algunos euros, o para preparar un examen, o para solucionar un asunto, o dos asuntos. Desaparece también la conversación, porque, al haber siempre un quehacer, la gente lo deja para otro día, otro sábado, otro verano. Desaparece igualmente la amistad, porque es difícil quedar, porque la gente tiene la agenda rellena. Por la misma razón, desaparece la vida familiar. Como decía un tango, la gente llega a casa deshecha por la máquina, sin más gana que la de ver televisión. Además, siempre hay una llamada telefónica pendiente.

Chillida Leku era un lugar donde los amigos o la familia podían pasear tranquilamente, contemplando el paisaje y las esculturas y hablando de lo que, en general, no se toma en cuenta. De la ingravidez que el artista confería a la materia, por ejemplo, o del contraste entre la hierba y el hierro, o de la tradición de los herreros y ferrones del País Vasco. Pero, ¿quién podía permitirse el lujo de ir hasta allí y pasar la tarde? Resultaba difícil incluso para la gente de San Sebastián, porque diez kilómetros son diez kilómetros, y treinta esculturas –treinta esculturas abstractas– como ochenta o como cien, porque no puedes mirarlas y exclamar: “¡Una vaca!”. Sin esa clase de expansiones, las dos horas que requería la visita daban la impresión de ser doce o catorce. Aunque, en realidad, aunque las dos se quedaran en dos, ¿no era mucho tiempo? Ah, quién pudiera ser vaca, y disfrutar de la bonita tarde o de la bonita mañana, y rumiar, y mugir despreocupadamente.

El caserío de Chillida Leku se llama Zabalaga. Estuve allí con el escultor cuando todavía estaba en ruinas. Hablamos del “país” y de sus problemas, y de la marcha del arte vasco. Le vi un poco triste, y tuve el impulso de hacerle una confidencia. Había estado aquella semana en una reunión de artistas vanguardistas vascos, y uno de ellos había dicho: “No coincido con Chillida en muchas de sus posturas, pero como artista le admiro profundamente”. A esa declaración le habían seguido otras, todas en el mismo sentido. Insistí con vehemencia: no estaba solo, no más de lo que suelen estarlo los verdaderos artistas.

Apareció entonces un campesino que trabajaba para él, un hombre mayor, y Chillida lo saludó efusivamente. Me pareció que estaba emocionado: “¿Sabes? Yo siempre he querido mucho a mi país. Por eso quiero hacer esto. Será mi aportación, una forma de corresponder”. El recuerdo resulta ahora descorazonador. Como dicen los ingleses, ninguna buena acción queda impune.

No ha muerto Chillida-Leku por ninguna desidia, ni por la mala cabeza de nadie, sino por un aire que corre y que todo traspasa, por esa lógica económica que nos promete el paraíso y que sin embargo, aún en el mejor de los casos, nos quita lo único importante, el tiempo. Si esta materia preciosa vuelve al mundo, el museo resucitará, y con él muchas cosas maravillosas del pasado, ahora desaparecidas.

B A
(El País, 2010)

 

Sobre la vejez

11-04-2016  ¦  Bernardo Atxaga

Leí una vez, siendo todavía estudiante de Bachilerato, una historia resumida de las principales religiones del mundo, y lo que más me llamó la atención fue lo que allí se decía sobre los motivos de la renuncia de Buda. “Vio a su alrededor la Enfermedad, la Muerte y la Vejez, y decidió retirarse para siempre a una montaña solitaria”.

Como muchos otros adolescentes de la época, yo era muy sensible a los actos ejemplares, de rompe y rasga, y durante un cierto tiempo consideré la posibilidad de dejarlo todo –los exámenes, los castigos por fumar en los urinarios, los partidos de fútbol del patio en los que, ¡ay!, siempre recibía un balonazo del futuro cancerbero Luis Arconada– para retirarme a cualquier rincón del Pirineo; pero, como escuché decir una vez a Rodríguez Adrados, la realidad “era importante”, de modo que mi vida siguió siendo más o menos igual hasta que, por fin, escampó y llegaron las vacaciones. Me fui entonces al Roncal, y anduve montaña arriba montaña abajo hasta que la realidad –el sol quemaba, las cuestas cansaban, la leche condensada aburría– volvió a recordarme su importancia y me hizo volver al cristiano hogar donde, en aquella primera televisión, me esperaban las actuaciones de los grupos del momento –Los Mustang, Los Sirex, Miky y los Tonys– y otros entretenimientos.

No obstante, quedó en mi memoria un rescoldo de lo que había leído sobre Buda, aunque lo que ahora me llamaba la atención no era la radicalidad de su renuncia, sino la referencia a la vejez. Podía aceptar que la Muerte o la Enfermedad le empujaran a la montaña solitaria; pero, ¿la Vejez? Veía reír a mi abuelo cuando los Sirex entonaban el “que se mueran los feos”. Veía también a un vecino ya jubilado que bajaba las escaleras silbando y que me decía: “No creo que el Sha de Persia viva mejor que nosotros”. De modo que no podía estar de acuerdo con Buda. De haber tenido el lenguaje de los adolescentes de ahora, habría dicho que Buda se había “pasado” con lo de la vejez.

Transcurrieron los años. Los Sirex y los Mustang dieron su concierto de despedida. Luis Arconada jugó su último partido con la Real Sociedad. El Sha de Persia fue expulsado de su país y todas sus amistades, incluidos Andy Warhol y demás superartistas americanos, se desentendieron de él. Mi vecino jubilado dejó de silbar y de acordarse del Sha. Mientras, la realidad iba dando sus respuestas. También sobre el tema que me había preocupado durante la adolescencia, la vejez.

Un día era una lectura de un cuento de Maupassant, en el que se retrataba a una vieille dame que mendigaba los besos que los niños se resistían a darle. Otro, la de una escena igual de triste, descrita esta vez por Baudelaire, en la que la vieille dame de turno caminaba por la calle abrazada a su barra de pan. O las películas como “Un hombre llamado caballo” o la “Balada de Narayama”, en las que se narra con crudeza la suerte que corrían los ancianos en épocas pretéritas. Todo indicaba que Buda tenía su razón, que quizás fuera lícito equiparar la vejez a lo más terrible.

“Al menos en el pasado”, me dije. Luego, un día, estando en un pueblo de Castilla, fui a pedir un despertador donde un vecino que, como las vieilles, vivía solo, y me encontré con una reacción inesperada. “¿No tienes despertador?”, me preguntó con cierto espanto. Volvió con un aparato enorme y, entregándomelo, dijo: “¡Cómprate un despertador, hombre! ¿No ves que hace mucha compañía?”. Pensé entonces que los tiempos no cambian tanto como parece y que los viejos de hoy están igual de solos que los de antes; tan solos que hasta el tic-tac de un reloj les reconforta.

Años después, conté la anécdota del despertador al hermano de un ensayista muy famoso de los años setenta y ochenta. “Pues, mejor solo que mal acompañado”, dijo, y me contó lo sucedido. “Yo veía que mi hermano tenía muchas visitas, gente bastante joven. Pensaba que eran lectores suyos, profesores que, sabiéndole enfermo, venían a hacerle compañía y a charlar con él. La sorpresa vino cuando murió y revisé sus papeles. Estaba suscrito a un sinfín de enciclopedias y colecciones de todo tipo. Un montón de dinero al mes”. Me vinieron a la memoria, una vez más, las tres razones de Buda. Al considerar la vejez, ¿habría tenido en cuenta los buitres que vigilan a las vieilles y a los vieux? Probablemente sí.

Pero la realidad no calla. No hay forma de cerrar los temas. Ciertas lecciones no tienen fin. Ayer mismo, me miré en el espejo y comprendí de pronto que los que pertenecemos a la quinta de los Mustang, los Sirex o Luis Arconada estamos perfectamente situados para entender del todo a Buda, y que, si pudiéramos, nos escaparíamos, no al Pirineo, sino a Shangri-La. Siendo imposible lo imposible, ya he decidido qué hacer: leeré “De senectute” de Cicerón, y luego el Fausto de Goethe. O al revés. Todavía no lo sé, porque, a partir de cierta edad, cuesta más despejar las dudas.

B A
(Ara, 2011)

 

Recuerdo de Salzburgo

15-03-2016  ¦  Bernardo Atxaga

Estábamos en lo alto de uno de los cerros que dominan Salzburgo, y nuestro amigo Karl hablaba de la costumbre que, según Stendhal, tenían los mineros de las salinas: “Durante el invierno cortaban una rama de pino y la cubrían de sal. Luego, en la primavera, la sacaban. Para entonces, los miles de granos de sal adheridos a la rama ya habían cristalizado, y el objeto era maravilloso, como un candelabro cubierto de diamantes”.

Alguien preguntó sobre la posibilidad de ver alguna de aquellas ramas de pino transfiguradas. “No creo que sea posible –dijo Karl–. Probablemente, no tenían el tamaño y la consistencia necesarias para convertirse en souvenirs. Mejor no complicarse la vida y seguir con las chocolatinas”. Le resultaba irritante que la ciudad estuviese llena de chocolatinas con la efigie de Mozart.

Karl señaló hacia la colina de enfrente. “Aquella casa blanca de la ladera es Villa Victoria. Ahí vivió Stefan Zweig hasta que un vecino de los que veraneaban en la ciudad le obligó a marcharse”. Adivinamos, por su expresión, a qué vecino se refería. “Efectivamente, Hitler –dijo–. Era austriaco, pero, en general, no lo comentamos. Creo que hubo alguien que quiso hacer chocolatinas que llevaran su imagen, pero la idea no tuvo éxito”. Karl soltó una risotada.

Era un día claro de invierno, y la ciudad y todo su entorno transmitían una sensación de armonía, como si los hacedores del paisaje –el Gran Arquitecto y todos los demás arquitectos– hubiesen estado especialmente inspirados. Pero el recuerdo de lo que allí mismo había sucedido con los judíos alteraba nuestro humor. Se lo comentamos a Karl. “¿Veis aquella encantadora casita, la que está en medio de la pradera?”, dijo él. Efectivamente, era encantadora, de tejado rojo y paredes blancas, parecida a las que suelen pintar los niños en la escuela. “Ahí vivía el verdugo de la ciudad –continuó–. Recogía los encargos en la fortaleza del Arzobispo, y luego …¡a trabajar! Dicen que ahorcaba mucho y bien”.

Fuimos a comer a un restaurante extraño, situado en el interior del camposanto de la iglesia de los franciscanos, con vistas a las tumbas. “Pedid sopa de calabaza –nos aconsejó Karl–. Se toma con un aceite negro que se hace con las semillas de la propia calabaza. Os dará ganas de cantar”. La sopa era excelente, pero no tuve ganas de cantar. La visión de las tumbas me había afectado, y por mi mente desfilaban imágenes sombrías: el verdugo de la casita encantadora ahorcaba a tres desgraciados, y sus cadáveres eran traídos en una carreta hasta al cementerio que yo veía desde mi mesa . Había un detalle perturbador: el restaurante era, al parecer, muy antiguo, de la época en que el Arzobispo gobernaba en la ciudad, de modo que era plausible que los comensales de aquella época tomaran su sopa de calabaza contemplando un enterramiento.

Karl seguía bromeando, pero me costaba prestarle atención. Me surgían preguntas: ¿Habrían reparado los comensales en lo que estaba ocurriendo ante sus ojos? ¿Se habrían compadecido de los ajusticiados?

A la sopa de la calabaza le siguió una tartaleta de macarrones. Después llegó el café. Interpelé a Karl sobre las cuestiones que estaban pasando por mi cabeza. ¿Qué pensaba él de los testigos del sufrimiento ajeno, de quienes miraban desde el otro lado de la ventana?¿Qué pensaba de nosotros, que veíamos sufrir a la gente en la ventana más usada de nuestros tiempos, la televisión?

“Lo mejor que he leído sobre el tema es un poema de W. H. Auden titulado Musée de Beaux Arts– dijo Karl–. Su tema es la caída de Ícaro según se ve en un cuadro de Brueghel. Ícaro cae del cielo y se hunde en el mar, pero el campesino sigue arando tranquilamente. Y con la misma tranquilidad continua navegando el barco”. Le comenté si, donde él decía “tranquilidad”, debíamos entender “indiferencia”. Karl asintió. Luego cambió de expresión y dijo: “No pienses en ello. El tema no cabe en el envoltorio de una chocolatina. Y lo que no cabe ahí, de poco sirve en estos tiempos”.

Salimos del restaurante y nos pusimos a caminar por las calles de la ciudad. “¡Chocolatinas! ¡Chocolatinas!”, gritaba Karl cada vez que pasábamos frente a una pastelería. Le expresé mi queja: habíamos empezado bien, con la rama de pino y los diamantes, pero la cosa había ido cuesta abajo. Los pensamientos que él nos había inspirado a partir de lo del verdugo resultaban deprimentes. “Por eso os llevo adonde os llevo”, dijo Karl, y yo pensé, por su expresión, que nos iba a dar una sorpresa agradable. Me vino a la mente la imagen de una vitrina de museo. Allí, posada sobre una tela de terciopelo negro, nos estaba esperando la rama de pino transfigurada, el candelabro cubierto de diamantes.

“Ya estamos”, dijo Karl delante de un supermercado. Entró dentro y volvió con unas botellas llenas de líquido negro. “¡Aceite de semillas de calabaza! – exclamó–. Transfigurará vuestras sopas!”. Le miramos un poco asombrados. “Sé que no lo es todo, y que no puede salvaros de la maldad del mundo. Pero, en cualquier caso, es mejor que lo de las chocolatinas”.

B A
(Ara, 2011)

 

La eterna juventud

25-02-2016  ¦  Bernardo Atxaga

Estaba haciendo cola a la entrada del Museo del Louvre, mirando más al suelo que a ninguna otra parte, cuando los ojos se me fueron hacia unas preciosas zapatillas de las que “aquí no hay”, o mejor dicho, de las que aquí no había en aquella época, finales de los setenta. Eran blancas, con florecillas azul cielo y cordeles del mismo color, coronadas por una lengüeta que sobresalía del empeine como un racimo de pequeños trozos de tela. Levanté la vista hacia la persona que los llevaba. Era una anciana. Vestía a juego con las zapatillas, con chaqueta y falda vaqueras.

  • "Antoinette!¡Mammy!" - gritó una mujer dirigiéndose hacia ella con las entradas del museo en la mano. Vestía toda de blanco, con un traje-pantalón de los que aquí no hay, o no había en aquella época. Debía de tener sesenta y muchos años. El cálculo no era difícil: si la hija tenía sesenta y muchos, ella no debía de estar muy lejos de los noventa. La miré de nuevo: era bonita, poquita cosa, tenía el pelo teñido de violeta, los labios pintados de color fucsia.

La cabeza, que no se rinde a la fuerza de la gravedad y que lo mismo piensa en lo que tiene delante como en lo que está lejos, se me fue hacia las ancianas que había conocido en mi pueblo natal. Me acordé de Joshepa, vestida siempre de negro, y de Manuela, de pelo gris y moño aplastado, y de Pepa, bata de boatiné por la mañana, bata de boatiné por la tarde. Lo paradójico era que las tres debían de tener la edad de la hija de Antoinette.

Entré en el museo y contemplé, tan bien como cualquiera, la Mona Lisa y muchos otros cuadros. Pero mi cabeza, al menos una parte de ella, seguía pensando en Antoinette. Para todo hace falta fuerza, élan, y no es poca la que se necesita para ponerse un día sí y otro también ante el espejo y maquillarse o vestirse bien. Cierto que la presión social influye lo suyo, tal como saben los que van a pasar las vacaciones a un pueblo solitario y todo les cuesta, hasta afeitarse una vez por semana, y que, en ese sentido, el París de aquella época distaba mucho de mi pueblo natal, el de Joshepa, Manuela y Pepa; pero, a pesar de ello, ¿por que tanta coquetería? ¿por qué tanta vanidad, tanto pelo violeta, tanta zapatilla blanca, tanta falda vaquera? Recorría en ese momento una de las salas egipcias del museo, y logré por fin, quizás con la ayuda de alguna momia, formular la pregunta que resumía todas las anteriores: "Por qué se empeñaba aquella nonagenaria en parecer joven?". Porque de eso se trataba. Su atuendo y su forma de estar eran las de una chica joven.

Me vino a la memoria - también esta vez con la ayuda de alguna momia - un pasaje de un cuento de Isaac Bashevis Singer. Una mujer muy mayor había acudido a la casa del escritor para una consulta. "¿Cuál es su problema?", preguntó el escritor. "Estoy enamorada del marido de mi hija", respondió la mujer. Y añadió: "Usted, Sr. Singer, ve delante a una mujer de pelo blanco y piel arrugada. Pero yo no me siento así. Mi corazón no ha cambiado nada en estos últimos sesenta años. Cuando muera, moriré joven".

Me asaltó un segundo recuerdo. Estando en La Habana, fuimos unos amigos a visitar al poeta Eliseo Diego, que ya para entonces había cumplido los setenta años. Aunque luego se animó y conversó con nosotros, lo que encontramos al principio fue un hombre cabizbajo, y tan cansado que no parecía capaz de pronunciar una palabra audible. La mujer que cuidaba de la casa me habló por lo bajo: "No es que no se alegre de la visita, es que está muy quebrantado". Pensé en algún problema de salud, y puse, supongo, cara de susto. “No, no es eso - dijo ella adivinando mis pensamientos -. "Lo que pasa es que ha tenido un desengaño amoroso". Se trataba, pues, de un problema juvenil.

Miré fijamente a una de las momias de la sala. La momia me devolvió la mirada, y empezó a discursear: "He ahí la verdad. Por dentro, nadie es viejo. La dama que visitó a Singer tenía razón. No es vieja Antoinette. No era viejo Eliseo Diego. Ni siquiera son viejas Joshepa, Manuela y Pepa. Lo que pasa es que, en la mayor parte de los casos, esa eterna juventud de los corazones está sepultada bajo la losa creada por los intereses y por las convenciones, sobre todo en los países que, a causa del poso dejado por varias dictaduras y una única religión verdadera, siguen el patrón de las antiguas sociedades agrícolas y militares. De modo que lo que hay es gente pobre, que no tiene un céntimo de sobra para echarse una cana al aire, o gente crédula, dominada por los mil cuentos castradores. También hay, desgraciadamente, gente enferma, que no puede gozar plenamente de la vida. Pero viejos, lo que se dice viejos, no hay". Estaba un poco espantado con el discurso de la momia. Me pareció que se había ido a un extremo. "Pero, ¿cómo?" - le dije - "¿Tampoco tú eres vieja?". La momia se quedó pensativa. "Bueno, yo sí", respondió al fin, y justo en ese momento desperté.

B A
(Ara, 2011)

 

El primer día

04-02-2016  ¦  Bernardo Atxaga

Éramos cuatro amigos que íbamos en un tren camino del campamento militar al que ¡ay! todos debíamos acudir obligatoriamente por tener veintiún años y pertenecer a la unidad política que en el año 1973 se denominaba “España” con una pe más explosiva que sorda, es decir, con rotundidad, vigor, valentía y, sobre todo, empuje.

“Pregunté cuántos años me podía caer si desertaba y me pillaban, y me dijeron que ocho”, informó uno de los amigos cuando ya estábamos a la altura de Burgos. “Es decir, que no sales hasta cumplir los treinta”, añadió. Estuvimos de acuerdo, no porque supiéramos sumar, sino porque todos teníamos novia, o casi. No nos quedaba otro remedio que hacer la mili. La deserción o, en su caso, la objeción de conciencia, quedaban para los Testigos de Jehová o para los luchadores como aquel chico de Bilbao (¿cómo se llamaba? ¿Ojembarrena?) que llevaba muchos meses en un calabozo del cuartel de Garellano.

Nada más llegar al campamento nos dimos cuenta de que éramos miles los novatos arrastrados hasta allí, y que, por el trajín que se traían sargentos y cabos, pronto estaríamos organizados, es decir, enviados a diferentes barracones. De pronto, oí mi nombre, o casi. Lo decía un sargento con rotundidad, vigor, valentía y bastante empuje: “¡José Trazu!”. Me acerqué a él sin rotundidad, vigor, etc., es decir, con modestia de recluta, y le dije que no era “Trazu”, sino “Irazu”. El sargento soltó una maldición. Consultó unas listas y me dijo: “Entonces usted va al barracón D, y no al L”. Antes de marcharme hablé un momento con mis amigos del tren. Nos citamos en la cantina del campamento, “después del toque de paseo”. Sólo llevábamos unas horas en el campamento y ya empezábamos a utilizar el nuevo léxico.

Llegó la hora de la peluquería para los 120 reclutas del barracón D y allí perdimos lo que para los antiguos era síntoma de vitalidad y para nosotros, jóvenes de los setenta, elemento identitario: el pelo. Recuerdo que me precedían en la fila dos reclutas con melena, uno que se parecía a Ringo Starr y otro muy rubio. Cruzaron el umbral, se dejaron hacer por dos veteranos que movían su rasuradora con rotundidad, vigor, valentía y, sobre todo, empuje, y se volvieron de pronto casi iguales, dos tipos pelados con las orejas muy grandes. Cuando, después de pasar por el mismo trance, me miré en el espejo, vi allí a un igual, a un tipo pelado con las orejas grandes. Era yo, era como todos. Aquella impresión se agudizó cuando guardamos nuestras ropas de calle y nos pusimos el uniforme caqui. El barracón D pasó a estar habitado por 120 seres indiferenciados. Un recluta se parecía a otro como una cebra a otra cebra.

“¡Compañía! ¡El capitán!”, dijo el recluta que aquel primer día hacía de “puerta”. El hombre que acababa de entrar en la compañía se quitó las gafas de sol y le corrigió con una voz que a nosotros, un poco infantilizados por la situación, nos pareció atronadora: “¡Todavía no, recluta!”. Algunos, los más niños, se rieron. El teniente nos dirigió luego una alocución hablándonos de lo diferentes que eran la vida militar y la vida civil. “En la vida civil la borrachera es un atenuante. En la militar, un agravante”. Todos los reclutas estábamos para entonces en posición de firmes, y no pudimos asentir. Pero lo habríamos hecho con rotundidad, vigor, valentía y empuje. Estaba muy claro: la vida civil y la ida militar eran muy diferentes.

Tras la alocución, salimos afuera y nos colocamos formando filas, los más altos primero, los pequeños detrás. El sol daba de lleno, la temperatura rondaba los treinta grados. Bajo el alero del barracón, en un recuadro de sombra, se concentraba la excepción: cinco jóvenes vestidos de paisano que seguían conservando todo su pelo.

“¡Vosotros! ¡Los inútiles!”, les gritó el teniente. Así pues, se trataba de los que alegaban un motivo para no hacer la mili, es decir –traducido al cuartelés– “los que se querían librar por el morro”. El teniente les ordenó que salieran del recuadro de sombra. “Aquí todos somos iguales”, afirmó con paradoja. Los cinco jóvenes se movieron con discreción hasta la esquina de la calle donde estábamos formados. “¡Más lejos!”, ordenó el teniente. Y allí se quedaron, en un aparte, como apestados.

Sonó el toque de paseo y corrí hacia la cantina en busca de mis amigos del tren. Era un espacio muy grande, un barracón entero, casi, y estaba a rebosar de reclutas. Todo era de color caqui, todo eran orejas y cabezas peladas. Buscar allí a mis amigo era como buscar cuatro cebras en un cebral. Abrevio: fue una hora larga. Cuando al fin nos encontramos y pudimos hablar, uno de los amigos se quejó amargamente, y dijo palabras que no se pueden poner por escrito. “¡Pensar que voy a tener que estar aquí 15 meses!”, suspiró al fin. Le consolamos, le aseguramos que acabaríamos dominando la situación. Pero no hubo en aquellas palabras rotundidad, ni rigor, ni valentía, ni siquiera empuje.

B A
(Ara, 2011)

 

El poder de un detergente

11-01-2016  ¦  Bernardo Atxaga

Estaba de vacaciones en la zona media de Navarra, visitando lugares que no conocía o que no había vuelto a pisar desde la infancia. Pasé por Estella, por Torres del Río, por muchos pueblos más, y sentí en todos ellos, físicamente, como se siente un cambio de temperatura, la antigüedad de los edificios y de las calles que veía. Había una circunstancia que agudizaba mi sensibilidad: acababa de volver de una larga estancia en Estados Unidos, un país en el que los barrios históricos de las ciudades tienen poco más de un siglo y bastan cincuenta años para que una casa adquiera solera. El contraste era grande, del nivel que un americano habría calificado de dramatic. Imposible ignorarlo.

Fisgoneando en la tienda de un anticuario de Estella vi una banqueta rara. “¿Qué es?”, pregunté al dueño. “Un taca-taca de hace doscientos años”, respondió. Luego me mostró un arcón que tenía trescientos cincuenta, y una tinaja adornada con la estrella de David a la que se le calculaban setecientos. “Debió de pertenecer a una de las familias que expulsaron del pueblo allá por el siglo XIV –dijo–. Un predicador cristiano calentó las cascos a la gente y los judíos tuvieron que escapar por piernas”. Días más tarde, en Azuelo, el escritor José María Iturralde me llevó a ver la iglesia del pueblo: diez siglos, mil años. Luego fue el edificio de los templarios de Torres del Río, y el casco urbano de Ujué o Uxue, medieval hasta en los detalles más inefables: el humo de las chimeneas parecía del siglo X; el olor a carne asada, del XII; el incienso que perfumaba la iglesia de Santa María, de la época del rey que la mandó erigir, Carlos II. A medio kilómetro de la iglesia, más pasado, taza y media: los restos de un templo romano dedicado a Júpiter.

Las impresiones repetidas me empujaron a una regresión, y me vi de pronto transitando por el pasado, moviéndome por él como pez en el agua. Lo mismo oía, o creía oír, una nana sefardí, que el crepitar de las llamas que destruían una cosecha durante la llamada guerra civil navarra de 1451. Empecé a sentirme feliz. La excursión estaba resultando doble, y la parte metafísica me gustaba mucho.

Pero las ilusiones no duran, y también la mía se deshizo. Ocurrió en Olite, durante la visita que, formando parte de un grupo, realicé al castillo, insignia y orgullo de la localidad. La mujer que hacía de guía reclamaba de vez en cuando nuestra atención y nos contaba los detalles: “El castillo es del siglo XIV, y lo construyó uno de los reyes más importantes del reino, Carlos III. Había nacido en Francia, y no quiso que faltaran en su residencia faltaran los lujos y caprichos que había visto en su país. De ahí el jardín interior, o el recinto para pájaros exóticos”. Todos los del grupo mirábamos en silencio hacia los lugares que ella nos señalaba, y seguíamos adelante.

Subimos por unas escaleras de piedra, y alcanzamos las almenas de una torre. La guía nos instó entonces a mirar hacia una especie de socavón que quedaba fuera del castillo, en una zona sombría. Dijo que se trataba del frigorífico de Carlos III. “En invierno la llenaban de nieve, y ahí metían la carne y el pescado. Al parecer, el frío se mantenía durante todo el año”. Todos sacamos la cabeza para mirar mejor. No había allí chuletas o besugos congelados, sino zarzas y pedruscos. Nadie comentó nada, y yo tampoco.

“¡Mirad!”, gritó de pronto una persona del grupo. “¡Como en aquel anuncio de Fairy!”

Lo aclaro para los que no frecuentan la cocina o la fregadera: responde al nombre de Fairy un detergente líquido que “acaba con toda la grasa y deja la vajilla brillante”, muy popular en España gracias a un anuncio que mostraba una mesa muy larga con dos filas de platos blanquísimos. Aquello era, justamente, lo que en aquel momento estábamos viendo desde la almena. Una mesa muy larga con dos filas de platos blanquísimos. De ahí la asociación.

El grupo se animó al instante. Había estado a punto de ahogarse en las aguas del pasado, pero la boya –Fairy– les había rescatado dejándoles de nuevo en el presente, en la playa cotidiana. Alguien contó una anécdota, y a la anécdota le siguió un comentario sobre los males de la publicidad; al comentario, una discusión sobre las ganancias de la televisión y la crisis económica. Nadie parecía interesado en el frigorífico de Carlos III.

Es tontería pensar que podemos andar por el pasado como peces en el agua. Andamos, en todo caso, como corchos, y cualquier excusa sirve para la remontada hacia la superficie, que es el hoy, que es el presente.

B A
(Ara, 2011)